1 de octubre de 2012

「Paris」

Esa tarde fue completamente larga, yo sabía que si seguía ahí bajo la sombra de ese frondoso árbol iba a pescar un resfrío, la banca estaba tan fría como la brisa desordenada que me molestaba en ese momento. Estuve ahí un largo rato, mirando como unos pájaros negros volaban y se posaban de rama en rama, ellos eran libres de ir donde quisieran en cambio yo... ¿Dónde estaba? Miraba el parque vacío, apreciaba la enorme pileta que se veía a lo lejos con sus esplendorosos chorros de agua que en ocasiones eran altos y otras veces bajos, el viento mecía uno de los columpios, recordé cuando me subía a estos y me creía un pájaro más de los que me acompañaban, otras veces me enrollaba daba vueltas, cantaba una canción cualquiera y me mareaba, era tonto, niñato, pero me gustaba.

Estaba decidida a levantarme, a dejar de estar sola mientras el Sol descendía con serenidad, nadie lo apuraba, a mi tampoco, nadie me aceleraba el paso, nada me hacía huir con desespero, estaba ahí sin más que hacer, o eso creí. Ordené mi chaqueta, sacudí mi largo cabello lacio y alcé la vista, no estaba tan sola como pensé, un tipo delgado estaba frente a mi con su cabello corto y la mirada realmente impregnada en mis ojos, sentí un cosquilleo, me era conocida esa sonrisa pequeña, esa ceja alzada con diversión y el estimulante abrazo que recibí a los pocos segundos de admirarlo. Un calor recorrió mi cuerpo... "No pensé encontrarte acá." Eso pensaba en ese momento, pero creo que no importaba, porque la persona que más amo estaba entregándome toda su vida en un simple abrazo. Se soltó con suavidad, una sonrisa se escapó de mis tensos labios y una lágrima se arrancó cuando ella se asomó tras de él, su mirada curiosa estaba posada en mi, esa mirada traviesa que siempre he amado desde la primera vez que la vi, la pequeña con cabello largos y ondulados como deberían ser los míos, me reconoció y me abrazó con fuerza, una fuerza tan suave que extrañaba, a ambos les extrañaba. "¿Qué hacen ustedes aquí?" mi mirada empapada preguntaba, estaba tan feliz y a la vez tan triste de que me vieran así, estaba decrepita, esa semana en aquel lugar me tenía melancólica, siempre anhelé visitar esta ciudad, pero tuve que venir sola, no sé por qué fue así, me deprimía porque cada vez que pasaba por las cafeterías, el café cargado me tentaba, así mismo podía tentarlo a él y a la pequeña. Siempre antes de dormir bebía una taza de té muy dulce, veía mi reflejo y una lágrima huía de mis ojos cayendo dentro, este suave aroma me recordaba a él y su gran vicio por este.
 
Encorvé leve mi espalda, me agaché al porte de la pequeña y besé su frente, ella sin más me dijo: "Mamá, papá y yo te amamos demasiado." Acto seguido, me sonrió amplio. Ella parecía un ángel y sus palabras me llenaron, me sentí viva otra vez. Alcé mi mirada y una sonrisa permanente estaba en el rostro del hombre que más amo, nuevamente ese cosquilleo recorrió mi cuerpo al ver aquello y sonreí. Enderecé mi espalda, levantándome con cuidado y enlacé mis dedos en los del mayor, la pequeña se adelantó un poco, divertida y risueña como siempre. Al observarla, un inesperado suspiro se escapó de mis labios cuando al mismo tiempo el mayor tomó mi mentón con su mano libre y posó un ligero beso en mi ansiosa boca, extrañaba ese cálido sabor, el sabor de la seguridad de amarnos, de estar juntos, de ser uno otra vez.

Aquí la oscuridad era el ser supremo, las estrellas los testigos, las luces para guiar nuestro camino, cafeterías con cierta cantidad de personas pasando la fría noche con un tibio café entre sus manos. Los tres continuábamos en un paso lento y sereno, observando cada detalle de ese hermoso lugar para guardarlo para siempre en nuestros recuerdos...

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Paris, la capital que anhelo visitar, siempre y cuando él y ella estén a mi lado. Si no fuera por estos, yo no estaría acá.