Han pasado ya tres meses desde que cruzamos las primeras palabras. Sigo pensando que no hay muestras de afecto de vuestra parte ¿o de la mía?
Durante todo ese tiempo, nuestra "relación" permanentemente se ha construido en algún pasillo casi deshabitado de este edificio o en el parque, eso siempre ocurría horas antes de que el ocaso apareciera y diera el toque de adiós. Jamás fue en nuestro departamento para ser más... Íntimos. Y claro, nuestros gatos como fieles testigos de lo que sentimos, mientras que nosotros somos unos tontos. Debo admitir que mientras pasaban las semanas su comportamiento se volvió un poco más tosco... Me frustraba.
Hablemos un poco de mí. Soy introvertido y me cuesta tener confianza en otros individuos. ¿Qué más puedo decir? Sólo puedo ser indiferente frente a un desconocido, en realidad se me hace tan familiar y descontrola mi corazón; está ganando mi confianza con rapidez y eso me sorprende. Estoy sonando igual que un chiquillo enamorado para mis ya 39 años de edad. Quizás él pensará que soy menor, mi engañosa contextura y comportamiento siempre hace que los demás se sorprendan pero eso es lo de menos, él también es engañoso, quizás tenga mi edad o mucho menos. Me gustaría saber.
En este momento no hago más que recordar lo tibio que estaba su rostro, su piel. Mi felino compañero debe saber todo lo que siento y por eso se escapa, justo al tiempo que él anda afuera buscando a su compañera. Puede que esté exagerando y realmente él ande buscando otra cosa y no a mi. Puede que también este equivocado, esto se vuelve difícil.
Esta vez no hubo necesidad de que Kuro se escapara para yo salir tras él y toparme con Tatsuro. Estaba pensante en la cocina, miraba los estantes lleno de curiosidad, recordé que en el refrigerador se hallaban muchas frutillas. De seguro le encantarían o quizás no, simplemente las llevé conmigo para compartir junto a sus encantos toscos y burlones. Salí de mi frío, y casi vacío, departamento, sólo fue cosa de alzar la vista para que él me observara con sorpresa. ¿Tanto le alegraba mi presencia?
No se dijo nada, las miradas fueron cómplices por unos minutos y caminamos hacia la misma dirección, hacia el mismo lugar, hacia el parque pero esta vez sin compañeros, sólo nosotros dos y las frutillas que llevaba en un recipiente mediano, simple dato. Nos acomodamos en una banca que estaba bajo la sombra de un enorme árbol. Me sentía cómodo y por lo que notaba mi compañero igual. Observé su atuendo, tan holgado y divertido como el mío. Esta vez él traía una boina ladeada y parecía que estuviese apunto de caerse, eso me causo gracia logrando que una risa ligera se escapara sólo para que Tatsuro me observara extrañado y negara con la cabeza sonriendo ladino. Un encanto en tal muchacho.
Nada ni nadie pasaba cerca de nosotros, el canto de algunas aves nos acompañaban y eso me conmovía.
—Tatsuro, tengo curiosidad.
—Dime —alzó su ceja. Siempre respondía a mis preguntas, me sentía un pequeño que aprendía gracias al mayor.
—¿Cuál es tu edad? —mordí mi labio inferior sin mucho disimulo, la pregunta fue tan horrorosa para él, sus ojos un tanto más despiertos y seguido una risa bromista se escapó. Se estaba burlando de mi, más que seguro.
—¿Tanto importa mi edad? —dijo con tono socarrón. —Tengo 33. De seguro tú tienes mucho menos.
—¿Tú crees? —reí bastante travieso, ocultando la sorpresa por su edad. —Tengo 39.
—Engañoso. Pero bueno... ¿Y qué traes en ese recipiente? —su tono para nada discreto me pasmó un momento y luego vacilé un poco antes de responder.
—Frutillas, ¿te gustan, Tatsu? —él me observaba con leve mueca de disgusto.
—No me gustan ese tipo de cosas... —me estaba desilusionando y mi mirada descendía poco a poco.
No tardó mucho en darse cuenta, sus tibios y suaves dedos estaban posados en mi mentón, lo levantó y me dejé hacer. Mis mejillas ardían. Él alzó una ceja, soltándome lentamente. Y yo ya estaba preparándome para algo más...
—Las comeré con gusto. —un toque infantil nació de él.
—Gracias —con el dorso de la mano cubrí una triunfante sonrisa. Quizás aceptó por pena, pero aceptó.
Abrí el recipiente y él ya estaba metiendo sus traviesos dedos dentro, sacó una y la devoró, riendo socarronamente. Así fue una tras otra. Mientras que yo daba mordidas pequeñas y comía con tranquilidad, nada me apuraba, ni siquiera el ocaso.
—Se suponía que no te gustaban y te las devoras como si no hubiera mañana. —reí.
—A mi me gustan otra clase de cosas, podías probar trayendo comestibles de mi gusto, ¿no? —bromeó.
—¿Qué clase de cosas comestibles te refieres tú? —le seguí el juego.
—Primero, no me gustan las cosas dulces.
—¿Cómo puede ser eso posible? —le interrumpí, me sentía infantil pero era tan extraño.
—Para que veas, Ryutaro. —comenzó a reír bajo e inclinó un poco su cabeza. La boina torpemente cayó y la alcancé a tomar, quedé inclinado totalmente sobre su cuerpo y él me observaba de igual manera, travieso y muy felino, mientras que yo me sentía atrapado por la distancia y deseo que sulfuraba de mis labios. Acarició mi mejilla y volvía a dedicarme palabras tranquilas: —Eres encantador —parecía estar tan decidido que cada vez me ruborizaba más.
Su cercanía era inevitable, enderezamos un poco nuestro torso y nada nos separaba. Nada nos importaba. Lo único que importaba era que mis ojos se cerraban lentamente al instante que esté hacía lo mismo, sus labios se pegaron suavemente contra los míos, una leve descarga eléctrica recorrió mi cuerpo, era demasiado lo que estaba empezando a sentir. Mi respiración era lenta y sus brazos se plegaban en mi delgado torso. Mis manos apoyadas en su pecho sin pedir distancia. Me estaba fundiendo en cada abrir y cerrar de sus labios, entre cada juego con su pequeña lengua. Mi pecho se apretaba y tenía miedo, no podía ser que mi corazón se alentara... El momento era completamente perfecto, ¿por qué estaba sucediendo esto ahora? Sentía el efecto contrario. El rápido agarre de Tatsuro con total delicadeza, no sabía que pasaba pero lo último que oí...
—¿Ryutaro? —su voz se oía tan lejos de mi. No me tocaba, no la escuché más.
Dejé que mi corazón y respiración fuera pausado, evité dificultar la entrada de aire a mis pulmones y me dejé fluir. Sabía que estaba en buenas manos, en las manos de aquel ser que me encantó desde la primera vez y que jamás supe cómo demostrárselo de la manera correcta, sin indiferencia, sin frialdad.
No creas que esto es eterno, muy bien sabemos que esto un día se acabará.
Perdóname por ser tan pesimista.