¿Cuando piensas salir de mi cabeza?
Un día más, otra vez estaba pensando en su infante sonrisa. Por momentos me negué demasiado a esta clase de pensamientos, en la noche di vueltas y vueltas en las colchas pensando en él. Tenía miedo, quizás me estaba creando mentiras en mi cabeza. Era dañino todo este tipo de pensamientos, nunca me había dejado influenciar tanto por mis emociones, mucho menos por mis sentimientos.
Mientras recordaba como este me dedicaba un poco de su tiempo, yo observaba como Teto seguía mansa sobre su cómoda cama, me miraba con ojos nostálgicos. Otra vez estaba enferma. No había cosa que más me dañara que ver a mi minina de esa manera. Me puse de pie, olvidando a ese chico de cabellos oscuros por arduo rato, me agaché dónde estaba ella y acaricie de su panza, cerro sus ojos y se quejaba. Ya sabía que le pasaba. Retiré toda clase de cariños a su cuerpo. Vestí con la ropa más a mano y decente que estuviera frente a mi nariz. Sacudí el cabello y lo amarré, dejando una coleta. Rápidamente, y con total cuidado, tomé a Teto entre sus mantas y salí.
Pasaron las horas y por fin me había desocupado un poco de Teto, la consulta fue corta; la gata estaba enferma de la panza y eso me molestaba, quizás que clase de cosas anda comiendo cuando se escapa por ahí. Bufé y entré al edificio, caminé despistado por el pasillo, el conserje no estaba y por desviar la mirada como simple curioso y torpe, choqué con un individuo que soltó un pequeño quejido.
—¿Qué clase de desconsiderado eres? —me quejé, luego estaba decidido a taparlo en groserías hasta que tomé en cuenta que Ryutaro estaba observándome con una mirada de felino bajo la lluvia. —Ryutaro... —susurré para mis adentros y volví a sujetar firme a la pequeña entre mis brazos.
—Disculpa... —avergonzado y, como siempre, ocultó sus ojos bajo ese lacio flequillo. —¿Teto está bien? —alzó un poco su vista, observé como la vergüenza tintaba de rosa suave sus mejillas. Reí por lo bajo, verlo así me provocaba. Sus palabras sonaban bastante decididas, yo también debo actuar así.
—Nada de que preocuparse. —sonreí leve. —¿Buscas a Kuro?
—Sí, como siempre —suspiró agotado.
Ryutaro no era de muchas palabras y eso me incomodaba. Soy un buen hablador, en cambio él...
—Te ayudo si así lo deseas.
—Quizás ya debe estar en el departamento flojeando. —soltó una pequeña risa, bastante nerviosa.
—Te acompaño, de todos modos debo hacer que Teto descanse... —está era una situación extraña y bastante cortante, supongo. Él estaba a sólo centímetros de mi cuerpo, sus largos y delgados dedos acariciaban la cabeza de la pequeña, ella encantada recibía de sus cariños y cerró sus ojos, relajándose. Ronroneaba leve pero se escuchaba claramente, eso a Ryutaro le hacía gracia. Era un completo infante.
—Bien, vamos.
No se dijo más hasta que subimos al ascensor. Teto estaba en medio de nosotros y eso me divertía, ella estaba casi dormida, un tanto atareada por la anestesia. Ryutaro no quiso molestar a Teto y tenía su mirada fija en el piso. Esta ocasión, subir hasta el piso 11 se volvió interminable, mordí mi labio y suspiré bajo, ojalá que haya sido casi inaudible para mi compañero.
—Esto es lento. —reí nervioso.
—¿Qué es lento? —ladeo su rostro curioso. —¿El ascensor? —dijo casi riendo.
—Sí, me desespera el calor que hace aquí. Me preocupa Teto... —musité y curvé mis labios, no me gustaba para nada tener a mi felino en esta situación.
—Estará bien.
Las puertas se abrieron en un piso cualquiera, creo que era el piso 8 ni siquiera me digné a mirar el pequeño visor que estaba sobre nuestra cabeza, yo estaba atento a él. Nadie subió. ¿Para qué diablos interrumpen la conversación de esa manera? Evité que los humos se subieran a mi cabeza y suspiré pesado.
—Oye, tranquilo.
—Hm... —voltee a observarlo, me sentía indiferente. Las puertas se cerraron sin avisar y di una mirada rápida, y eso no fue demasiado ya que la fría mano de Ryutaro estaba en mi mejilla, me tensé un poco. Evité el rubor pero el calor incrementó.
—Tienes fiebre. —llevó sus dedos a mi frente y dio una mirada seria. —Bastante.
No podía articular palabra alguna, estaba pasmado por aquel acto del muchacho. Las puertas se abrieron finalmente en el piso 11 y descendimos. Rumbo a la misma dirección, frente a frente cerca de la entrada de nuestro departamento. ¿Nuevamente la rutina? Kuro graciosamente apareció por el pasillo y se posó junto a su curioso amo. Lo puedo decir una y otra vez, son iguales. Reí con semejante pensamiento y Ryutaro me observaba extrañado.
No me observes así, me siento aún más idiota...
—Supongo que aquí terminó el día. —opté por una actitud seria, de seguro no duraría.
—Por esta vez.
Sonrió travieso. Volteó y el gato le siguió. Entró y me observó. Hice lo mismo. Agité suave mi mano en señal de despedida y Ryutaro sonrió igual que anoche. Cerró la puerta al mismo tiempo que yo.
Esto se volvía cotidiano: El hombre de cabellos largos hablaba con el chico desconocido de nombre Ryutaro, sus gatos eran el tema principal, el muchacho parece un infante mientras que el hombre un idiota que está baboso por sus encantos, los visita el ocaso, caminan a sus respectivos hogares, una despedida rápida y la preciosa sonrisa del menor. A pesar de todo un escalofrío recorría mi cuerpo aunque la historia se repitiera una y otra vez.
Me embobé sin pensar que podía pasar más adelante.