Toda esta situación me está matando.
Luego de que el menor se retirara yo no podía pensar en otra cosa más de que yo era el culpable, siendo que era otro, siendo que mi idiotez referente a ser tan infantil haya perjudicado tanto a aquel receptor. No lo puedo tolerar, no lo soporto. Lo que mejor pude hacer referente a mi desastre fue quedarme estático, sin reprimir la ida ajena y mirar el techo como si nadie más estuviese en aquella aula, sentía que mi cuerpo se debilitaba, necesitaba de él pero no me había dado cuenta antes. Mi respiración estaba pausada, tenía miedo, otra vez, porque mi vista se nublaba, si me dejaba estar un poco más, las lágrimas se desbordarían y no estaría aquel ser indicado para limpiarlas. En realidad todo se volvió bastante complicado, y eso me hacía realmente infeliz. Me siento peor que nunca, perdóname.
Luego de estar fijo en el blanco color del techo, escuché la presencia ajena, lo había olvidado completamente, estaba tan ido en mis pensamientos; me incorporé al ambiente, di unos cuantos pasos para quedar frente al menor y contemplarlo. Él tenía los labios tensos y el ceño fruncido, aún así no le despegué la mirada con total indiferencia. Yo no me sentía mal por él, él en realidad siempre me ha dado lo mismo. Kenken es un niño mimado como yo, y yo no le doy en el gusto a nadie, pero sí tengo una excepción, pero creo que la perdí...
—¿Algo más para agregar y ser la guinda de la torta? —Dijo con insolencia el menor, enarqué un poco mis entrecejo, suspiré pesadamente y desvié la mirada.
—Tú tienes la culpa. —Murmuré y bajé la mirada, contemplé mis pies y no moví ni un musculo más. Tenía nuevamente el cuerpo medio inclinado, con la apariencia de una marioneta. Una vieja marioneta dañada.
—¿Yo? ¡Sólo digo la verdad Ryuutaro! Acepta de una maldita vez que él no es para ti. —La socarrona e irrespetuosa voz ajena me estaba sacando de quicio pero aún así, como siempre, me mantuve tranquilo, al tanto de todo mi alrededor sin necesidad de observarlo.
—¿La verdad? —Formulé ese par de palabras en un hilo de voz. —¿Qué sabes tú de lo que es bueno o malo para mí? —Mi semblante se volvió amenazador, pero mi actitud no lo demostraba de ningún modo. Por ello, el menor tomó eso como una broma, y una sutil risa se escapó de sus labios.
Kenken caminó por la sala de estar y se aproximo al sofá más cercano, y como quien estuviese en su casa, se sentó de manera desarmada, pero sin olvidar de cruzar sus piernas apoyando el tobillo en la rodilla. Todo esto lo contemplé desde mi lugar y poco a poco volví a agregarme al ambiente, enderecé mi cuerpo y, por inercia, mi vista se fijó en la puerta cerrada, como si quisiera ver más a través de ella, pero todos sabemos que eso es imposible para un ser humano corriente como yo. Luego voltee la vista hacia él y lo contemplé, en silencio. Un silencio que parecía inquebrantable hasta que el más bajo habló.
—Porque te conozco de hace mucho tiempo, además, ahora mismo sé que estás débil, mucho más pálido de lo normal. Si te desmayas o te da ese ataque, no te ayudaré. Que lo haga Tatsuro. ¿No es a él a quien tanto esperas? —Alzó una ceja. Kenken estaba realmente molesto y su timbre de voz no me engañaba, aunque usara esas palabras tan burlonas, era demasiado obvio.
Quedé pasmado luego de escuchar su nombre y saber que él no estaba ahí, una tristeza se apoderó de mi rostro, rápidamente lo convertí en indiferencia, aunque me costaba de sobremanera, lo logré. Imágenes fugaces pasaron por mi cabeza recordando lo de anoche, donde aquel ser fue totalmente delicado, donde su fuerte carácter se había convertido en el más meloso.
—¿Qué quieres lograr con todo esto? —Fui directo al grano, ya tuve suficiente de escuchar al contrario diciendo diferentes cosas para desviarse del tema.
—¿Es que no te das cuenta? —Torció sus labios con indiferencia, y enarcó la ceja.
Tomé silencio. Lo hacía ahora o nunca. Me acerqué a la cama sin responder al susodicho, agarré mi pantalón que yacía en el suelo y lo sacudí, empezando a vestir con éste rápidamente. Él se levantó de su lugar con gran sobresalto para chillar:
—¡Ni se te ocurra salir de acá! ¿Vas por él cierto? ¡Vas por Tatsuro! —Caminó hasta mi y como si una inspiración le azotara el cuerpo, me agarró de la playera, sacudiendo mi cuerpo con violencia. Me sorprendió, puesto que jamás le había visto tan molesto, él no era así, nunca era así.
—Suéltame... —Susurré y fruncí mis labios, terminando de subir la prenda, y éste me observó aún más exaltado; como si de una marioneta se tratara soltó los hilos, mi playera, y me proporcionó un fuerte empujón de palma completa para tirarme al piso, luego se dejó caer apoyando sus rodillas, me contempló con molestia y en un rápido impulso volvió a tomarme, alzando mi torso hacia el suyo.
—¿No te das cuenta? —Repitió la pregunta, su voz sonaba tan vacía y a la vez muy irritada.
Lo empujé de tal cercanía y me soltó, estaba tan débil como yo. Claro que sabía muy bien de qué hablaba y no me interesaba en lo absoluto. Me levanté lentamente, Kenken se sentó en la cama y su mirada me llamaba, me decía que no me moviera de ahí, pero yo no obedecí, no soy su marioneta, los hilos los manipula otro dueño y con él debo arreglar todo. Caminé hasta la puerta y los rasguños de un animal me desconcertaron, provenían del otro lado, abrí y Kuro estaba ahí, mirándome con sus enormes ojos, pero estaba triste. Kenken refunfuñó, dijo cantidad de groserías que no pienso recitar porque no me interesan. Dejé que el gato se subiera a mis brazos y en una caminata pausada salí, cerré la puerta con un gran portazo. Me quedé junto a la puerta en la espera de algún movimiento ajeno, pero al pasar de los minutos, el desesperado de Kenken jamás salió. Un tranquilo suspiro nació de mis labios y miré la puerta de al frente, un escalofrío me recorrió y mil preguntas pasaron por mi cabeza.
De verdad tengo tanto miedo, miedo de perderte.
Poco a poco me voy desvaneciendo...
Mi vista se nubló por un momento y un fuerte dolor de cabeza me atacó, posé mi palma en la sien mientras mis dedos se entrecruzaban con el cabello, suspiré y luego apoyé de la misma mano en la puerta con suavidad. Todavía no estaba seguro.
¿Será un error...?
Kuro se acomodaba en mi brazo, se acurrucó en mi pecho, mi lento y poco animado pecho, mi respiración estaba realmente lenta, el miedo me acechaba. Empuñé la mano y di unos suaves golpes. No esperé respuesta. Pasaban los minutos y nada. Me sentí inspirado a emprender marcha a cualquier lugar, y pensar. Al momento que desvié la mirada, Teto estaba sentada junto a la escalera. Ella me miró y luego empezó a bajar, sin dudarlo le seguí; la gata bajaba cada vez más rápido y Kuro se bajó de mis brazos para seguirla, y así mismo yo también a ambos felinos, me llevaron hasta el parque. Me preocupaba el comportamiento de la más baja y sin tomar en cuenta, choqué con un cuerpo, el dolor fue más arduo y me mantuve con los ojos cerrados y muy apretados, quejándome, abrí levemente uno y contemplé el suelo, unas zapatillas que se me hacían conocidas, en especial por la talla de calzado. Un escalofrío sacudió mi cuerpo y alcé la vista temeroso, era él. Sí, era Tatsuro, apenas divisé que me estaba contemplando con sus labios torcidos en una mueca triste. Sentí como mis lágrimas iban a caer, pero soporté. Él sólo se espabiló a dar unos pasos atrás como para dejar mi camino libre, eso lo encontré realmente doloroso...
¿De verdad me dejarás ir?
—Eres libre de hacer lo que desees. De todos modos, sólo somos simples conocidos que tuvieron un extraño romanticismo.—dijo Tatsuro, sonaba tenso y poco amable, era tosco y eso dolía, sus palabras me estaban clavando.
—Tatsuro... —me inmuté a susurrar con las lágrimas apunto de acudir.— ¿Por qué me dices semejante... cosa?
—Ya he dicho. —su voz era un filo que me cortó perfectamente, esa era aquella voz a la cual tanto temía y apareció.— No exageres, no pierdes nada.
—¿Exagerar? —susurré y negué, caminé un poco hasta una banca que se hallaba a algunos pasos de mí, me tumbé en esta, sentía que pronto me iba a desmayar. —Tatsuro, no puedes decir eso...
—¿Por qué no?
—Porque... yo te amo, no te quiero lejos de mí. ¿O acaso piensas que tengo algo con Kenken? ¿Qué piensas? Me gustaría saber que pasa por tu cabeza. Siento que tienes tantas ideas en mente y la mayoría son erróneas. —musité en un hilo de voz desgarrador, suspiré y me tranquilicé un poco, cerrando los ojos. Escuchaba como el menor caminaba hasta mí, se sentaba a mi lado y tomaba distancia, una distancia enorme, aún más que la actual.
—¿Qué pienso? —Alzó una ceja y luego desvió la mirada hacia el oscuro sendero, contempló a los gatos junto a mi, estaban ahí, jugando en el césped, eran felices pero en cambio nosotros no... Volví a espabilarme y tomé en cuenta que el mayor hablaba. —¿Amarme? No puedo negar que te amo. No puedo negar que es de hace tanto tiempo. Pero me saca de quicio esta situación y pienso dejarla atrás. Es una decisión que ya tomé. Como buen cobarde... Deberías odiarme, no amarme. ¡Odiarme! —gritó y eso provocó que las lágrimas cayeran, mi rostro descendiera y mirara el borde de la banca como un niño regañado. Aquellas lágrimas bajaban sin parar, eran lentas y me quemaban a su paso.
—¿Odiarte? No podría, no soy capaz... —musité a duras penas y él sin dudarlo me interrumpió mientras carraspeaba su voz, se notaba que no le gustaba verme así. La situación empeoraba.
—Si puedes. —se levantó sin aviso alguno, la camiseta con terminaciones en punta se movió de una manera tan graciosa y hermosa a la vez, esos movimientos tan salvajes y suaves me encantaban. —Así como puedes amarme, lograrás odiarme. —le miré por entre mis pestañas, una sonrisa nostálgica se formaba en los delgados labios contrarios, deseaba callarlo.
Negué desviando la mirada. Tatsuro estaba frente a mi, de pie, temblaba, lo sentía tan bien, el viento resoplaba suavemente sus largos cabellos, mientras los míos con suerte eran tocados, me sentía olvidado por todo, y también por él. Un suspiro escapó de mis carnosos labios, pasaron casi quince o veinte minutos, él no hablo, sólo se mantuvo ahí. En aquel momento pensé que su decisión cesaba, Tatsuro no me dejaría así de fácil o eso pensé. Cuando me sentí decidido a hablar, el contrario me interrumpió con su impulsivo vozarrón.
—Ryuutaro... —Musitó con dulzura y voz quebrada; escuché los huesos de sus rodillas cuando se agachó frente a mí, llevó sus largos y finos dedos bajo mi mentón y alzó leve mi rostro. Temblaba ante su tacto. Se había vuelto más frío y suave que la última vez. —¿Para qué quieres saber lo que pienso cuando eres tú quien pasa todo el día en mi cabeza? Sólo verás tontas ideas de un futuro incierto. ¿Sabes? Odio esta sensación, y yo sé que tú igual. Te amo, lo sabes, lo sé pero... —Sin dudarlo dos veces, me alcé y abracé su cuello con mis delgados y débiles brazos, le callé con mi desesperada boca, le besé con tal confianza y rabia, las lágrimas brotaban incansablemente y los labios ajenos se entreabrieron contra los míos; aquel tibio sentimiento volvía y sentía que me fundía cada vez más. Sería el último beso o quizás no, quizás sea el último y más eterno de todos.
Sus manos quedaron aisladas de mi cuerpo, se mantuvo quieto y correspondiendo a ojos cerrados, esa actitud indefensa a pesar de su fuerte carácter. Sigue siendo realmente frágil, quizás tanto como yo, pero jamás vi una lágrima desbordar de aquellos pequeños y rasgados ojos.
Separó con suavidad su cuerpo del mío, un empujón leve, no le faltaba el aire pero a mi sí, mis lágrimas cesaron pero al momento que su mirada se desvió rápidamente con tal seriedad sentía que otra vez se iban a desbordar, pero no iba a permitir que eso volviera a suceder.
—Tatsuro —susurré y carraspee un poco, —¿qué quieres en realidad? ¿Irte? ¿Odiarme? Ya no quieres saber más de mí pero con las cosas que dices pienso que no estás realmente seguro... —mis palabras cesaron, ni siquiera me di el tiempo de pensar antes de hablar.
—Odiar... Eso deberías hacerlo tú por lo que pienso hacer. Y ya no se hablará más. —Se levantó y sacudió aquel pantalón de bombacho negro. Ni siquiera se dignó a mirarme de reojo, nada. Suspiró cansado, agotado, casi deprimido y negó un poco— Irme es lo mejor que puedo hacer, así te dejo tranquilo junto a él. Encajáis mejor.
—¡No puedo creer que todo esto sea por culpa de un mal entendido! —me levanté de la banca, me puse frente a él y todo el mareo y dolor de cabeza desapareció. Mis brazos se mantuvieron tranquilos pero rápidamente los alcé en un suave ademán de molestia. —¡Tatsuro, entiende que te amo! ¡No quiero que te vayas! —a pesar de que se tratase casi de una súplica hecha un grito, mi voz se desvaneció al instante a una ligera y dolorosa.
El más alto se sorprendió por el cambio de actitud tan drástica, frunció sus labios y negó, dando un paso atrás. Teto y Kuro se acomodaron en la banca, recostados y con la mirada intimidada por la situación, les miré en aquel momento con total lástima.
Decisiones... Suelo aceptarlas pero esta me es realmente difícil.
—Lo entiendo perfectamente. —sonrió ladino y divertido, desvió totalmente su mirada hacia los gatos y suspiró. —Tomo pésimas decisiones, lo sé... Pero creo que es lo mejor. De todos modos, no habría funcionado. —rió un poco, sonaba tan dramático que me estaba empezando a hartar, se dio cuenta y alzó la vista de manera felina, fijándola en mí. —Pésimo momento para intentar hacer una broma.
—Terrible. —dije cortante.
—Ah... Mañana estará todo solucionado...
—¡Vete ya! —chillé por fin, ya tuve suficiente. —¿Estás jugando? No es momento.
—Será mejor qué... —Tatsuro ni siquiera alcanzó a terminar su frase cuando Kenken ya estaba a pasos feroces cerca de nosotros y totalmente molesto por el hecho de que estuviésemos juntos, entablando una desgarradora conversación. Él siempre llega en el peor momento.
—Te irás conmigo. —interrumpió el pelinegro y luego fijó la vista hacia el más alto. —¿No te irás? Porque nosotros sí. Ryuutaro no te ha contado nada. Pero a pesar de todo, él es totalmente mío. —Sonrió divertido al ver el frívolo rostro de Tatsuro, me daba miedo su expresión, era tan vacío pero a la vez lleno de curiosidad. Di dos pasos atrás y bajé la mirada.— Tatsuro, lo lamento, pero él no es para ti. Ryuutaro está enfermo, y tiene un pésimo pasado, es algo que jamás aceptarás pero yo sí. —Kenken cogió mi muñeca y, como un trapo, me jaló a su cuerpo. Mantuve el silencio, me sentía totalmente culpable.
¿Qué estás pensando...?
El mareo volvía a atacar, mi mirada estaba desvaneciéndose pero como pude mantuve total silencio. Sólo estaba esperando que él hablara, ya tenía suficiente escuchando a Kenken. Kuro se acomodó en mis pies, y tomó en cuenta de mi estado, mantuvo su semblante felino bastante intranquilo, pero aún así ninguno de los dos lo tomó en cuenta. Finalmente, Tatsuro rompió aquel intrigante y arduo silencio.
—Hablas de mí como si lo supieras todo. No dejas de ser un niñato para alguien como él. —frunció sus labios y negó, las puntas de su cabello cesaron de igual manera acompañando aquella suave acción. —¿Y por qué estás tan seguro de que es totalmente tuyo? Ryuutaro no es un objeto. —ladeó el rostro y una sonrisa socarrona se pintó en su rostro. Yo sólo le contemplaba de reojo y entre las pestañas.
—No te diré el porque. —dijo regañadientes, como un crío, y rápidamente posó la mirada en mí— Será mejor que nos vayamos luego. Yo me encargo del resto. —susurró y me dio un pequeño empujón para que caminara fuera del lugar.
—No pienso lidiar con esto de nuevo, ni nunca más. —arregló su mechón de cabello y dejó que Teto avanzara primero para ya querer abandonar aquel agobiante sitio.
—Tatsuro... —al fin hablé, mi voz era tenue y tan baja que ninguno de los dos la percibió. Kuro se arrimó a mis brazos e intenté animarme por ello, pero mi mirada estaba tan perpleja observando cómo este se retiraba a un paso decidido y rápido, que las lágrimas cayeron sin previo aviso, bajé el rostro y sollocé, dejándome guiar por Kenken.
No me dejes, por favor...
Caminé por todo aquel sendero abrazado a Kuro, él sólo ronroneaba en pocas ocasiones, era como si llorara conmigo, pero en un silencio mutuo. Mientras Kenken me seguía desde atrás. Llegamos hasta el coche, hacía mucho tiempo que no veía aquel carro negro. El menor aún seguía asistiendo a ese lugar y yo hice todo para alejarme, pero fallé. Ahora, quizás, cuál será el castigo que recibiré por ello. ¿Me matarán? No, no creo que lleguen a demasiado. Era una red bastante complicada, ellos no me la dejarán fácil, de eso estoy seguro. Accedí a subirme en la parte trasera del vehículo, no tenía ningún interés en entablar conversación con el menor. No tenía ganas de volver...
Tatsuro, ¿por qué no viniste tras de mí? ¿Por qué no me salvaste?
Tantas preguntas pasaban por mi cabeza mientras miraba por la ventanilla; casas, edificios, árboles y personas. Era una escena lenta, el vehículo avanzaba a gran velocidad por la autopista, lo único que veía eran autos y algunos edificios. Mi vista seguía desvaneciéndose, como quien se fuese a morir pronto, sentía mi pulso tan lento, tan pausado, sentía como todo era moribundo. Apenas escuchaba el ronroneo de Kuro, estaba preocupado. Kenken, en cambio, seguía manejando con una sonrisa tan socarrona y pequeña que apenas podía divisar por el espejo retrovisor, era asqueroso saber que nuevamente todo volvía ser como antes. Las lágrimas estaban secas en mis mejillas y lo único que recordaba con gran pasión y vivacidad era la deslumbrante sonrisa de él. Suspiré una, dos, tres veces, el aire me faltaba, apenas podía respirar. Mi cuerpo no respondía del todo bien y sabía que estaba a punto de caer nuevamente en aquel sueño que duraría por horas o tal vez días o quizás la eternidad.
El hilo rojo, poco a poco desaparecía. Es el adiós definitivo.
Luego de que el menor se retirara yo no podía pensar en otra cosa más de que yo era el culpable, siendo que era otro, siendo que mi idiotez referente a ser tan infantil haya perjudicado tanto a aquel receptor. No lo puedo tolerar, no lo soporto. Lo que mejor pude hacer referente a mi desastre fue quedarme estático, sin reprimir la ida ajena y mirar el techo como si nadie más estuviese en aquella aula, sentía que mi cuerpo se debilitaba, necesitaba de él pero no me había dado cuenta antes. Mi respiración estaba pausada, tenía miedo, otra vez, porque mi vista se nublaba, si me dejaba estar un poco más, las lágrimas se desbordarían y no estaría aquel ser indicado para limpiarlas. En realidad todo se volvió bastante complicado, y eso me hacía realmente infeliz. Me siento peor que nunca, perdóname.
Luego de estar fijo en el blanco color del techo, escuché la presencia ajena, lo había olvidado completamente, estaba tan ido en mis pensamientos; me incorporé al ambiente, di unos cuantos pasos para quedar frente al menor y contemplarlo. Él tenía los labios tensos y el ceño fruncido, aún así no le despegué la mirada con total indiferencia. Yo no me sentía mal por él, él en realidad siempre me ha dado lo mismo. Kenken es un niño mimado como yo, y yo no le doy en el gusto a nadie, pero sí tengo una excepción, pero creo que la perdí...
—¿Algo más para agregar y ser la guinda de la torta? —Dijo con insolencia el menor, enarqué un poco mis entrecejo, suspiré pesadamente y desvié la mirada.
—Tú tienes la culpa. —Murmuré y bajé la mirada, contemplé mis pies y no moví ni un musculo más. Tenía nuevamente el cuerpo medio inclinado, con la apariencia de una marioneta. Una vieja marioneta dañada.
—¿Yo? ¡Sólo digo la verdad Ryuutaro! Acepta de una maldita vez que él no es para ti. —La socarrona e irrespetuosa voz ajena me estaba sacando de quicio pero aún así, como siempre, me mantuve tranquilo, al tanto de todo mi alrededor sin necesidad de observarlo.
—¿La verdad? —Formulé ese par de palabras en un hilo de voz. —¿Qué sabes tú de lo que es bueno o malo para mí? —Mi semblante se volvió amenazador, pero mi actitud no lo demostraba de ningún modo. Por ello, el menor tomó eso como una broma, y una sutil risa se escapó de sus labios.
Kenken caminó por la sala de estar y se aproximo al sofá más cercano, y como quien estuviese en su casa, se sentó de manera desarmada, pero sin olvidar de cruzar sus piernas apoyando el tobillo en la rodilla. Todo esto lo contemplé desde mi lugar y poco a poco volví a agregarme al ambiente, enderecé mi cuerpo y, por inercia, mi vista se fijó en la puerta cerrada, como si quisiera ver más a través de ella, pero todos sabemos que eso es imposible para un ser humano corriente como yo. Luego voltee la vista hacia él y lo contemplé, en silencio. Un silencio que parecía inquebrantable hasta que el más bajo habló.
—Porque te conozco de hace mucho tiempo, además, ahora mismo sé que estás débil, mucho más pálido de lo normal. Si te desmayas o te da ese ataque, no te ayudaré. Que lo haga Tatsuro. ¿No es a él a quien tanto esperas? —Alzó una ceja. Kenken estaba realmente molesto y su timbre de voz no me engañaba, aunque usara esas palabras tan burlonas, era demasiado obvio.
Quedé pasmado luego de escuchar su nombre y saber que él no estaba ahí, una tristeza se apoderó de mi rostro, rápidamente lo convertí en indiferencia, aunque me costaba de sobremanera, lo logré. Imágenes fugaces pasaron por mi cabeza recordando lo de anoche, donde aquel ser fue totalmente delicado, donde su fuerte carácter se había convertido en el más meloso.
—¿Qué quieres lograr con todo esto? —Fui directo al grano, ya tuve suficiente de escuchar al contrario diciendo diferentes cosas para desviarse del tema.
—¿Es que no te das cuenta? —Torció sus labios con indiferencia, y enarcó la ceja.
Tomé silencio. Lo hacía ahora o nunca. Me acerqué a la cama sin responder al susodicho, agarré mi pantalón que yacía en el suelo y lo sacudí, empezando a vestir con éste rápidamente. Él se levantó de su lugar con gran sobresalto para chillar:
—¡Ni se te ocurra salir de acá! ¿Vas por él cierto? ¡Vas por Tatsuro! —Caminó hasta mi y como si una inspiración le azotara el cuerpo, me agarró de la playera, sacudiendo mi cuerpo con violencia. Me sorprendió, puesto que jamás le había visto tan molesto, él no era así, nunca era así.
—Suéltame... —Susurré y fruncí mis labios, terminando de subir la prenda, y éste me observó aún más exaltado; como si de una marioneta se tratara soltó los hilos, mi playera, y me proporcionó un fuerte empujón de palma completa para tirarme al piso, luego se dejó caer apoyando sus rodillas, me contempló con molestia y en un rápido impulso volvió a tomarme, alzando mi torso hacia el suyo.
—¿No te das cuenta? —Repitió la pregunta, su voz sonaba tan vacía y a la vez muy irritada.
Lo empujé de tal cercanía y me soltó, estaba tan débil como yo. Claro que sabía muy bien de qué hablaba y no me interesaba en lo absoluto. Me levanté lentamente, Kenken se sentó en la cama y su mirada me llamaba, me decía que no me moviera de ahí, pero yo no obedecí, no soy su marioneta, los hilos los manipula otro dueño y con él debo arreglar todo. Caminé hasta la puerta y los rasguños de un animal me desconcertaron, provenían del otro lado, abrí y Kuro estaba ahí, mirándome con sus enormes ojos, pero estaba triste. Kenken refunfuñó, dijo cantidad de groserías que no pienso recitar porque no me interesan. Dejé que el gato se subiera a mis brazos y en una caminata pausada salí, cerré la puerta con un gran portazo. Me quedé junto a la puerta en la espera de algún movimiento ajeno, pero al pasar de los minutos, el desesperado de Kenken jamás salió. Un tranquilo suspiro nació de mis labios y miré la puerta de al frente, un escalofrío me recorrió y mil preguntas pasaron por mi cabeza.
De verdad tengo tanto miedo, miedo de perderte.
Poco a poco me voy desvaneciendo...
Mi vista se nubló por un momento y un fuerte dolor de cabeza me atacó, posé mi palma en la sien mientras mis dedos se entrecruzaban con el cabello, suspiré y luego apoyé de la misma mano en la puerta con suavidad. Todavía no estaba seguro.
¿Será un error...?
Kuro se acomodaba en mi brazo, se acurrucó en mi pecho, mi lento y poco animado pecho, mi respiración estaba realmente lenta, el miedo me acechaba. Empuñé la mano y di unos suaves golpes. No esperé respuesta. Pasaban los minutos y nada. Me sentí inspirado a emprender marcha a cualquier lugar, y pensar. Al momento que desvié la mirada, Teto estaba sentada junto a la escalera. Ella me miró y luego empezó a bajar, sin dudarlo le seguí; la gata bajaba cada vez más rápido y Kuro se bajó de mis brazos para seguirla, y así mismo yo también a ambos felinos, me llevaron hasta el parque. Me preocupaba el comportamiento de la más baja y sin tomar en cuenta, choqué con un cuerpo, el dolor fue más arduo y me mantuve con los ojos cerrados y muy apretados, quejándome, abrí levemente uno y contemplé el suelo, unas zapatillas que se me hacían conocidas, en especial por la talla de calzado. Un escalofrío sacudió mi cuerpo y alcé la vista temeroso, era él. Sí, era Tatsuro, apenas divisé que me estaba contemplando con sus labios torcidos en una mueca triste. Sentí como mis lágrimas iban a caer, pero soporté. Él sólo se espabiló a dar unos pasos atrás como para dejar mi camino libre, eso lo encontré realmente doloroso...
¿De verdad me dejarás ir?
—Eres libre de hacer lo que desees. De todos modos, sólo somos simples conocidos que tuvieron un extraño romanticismo.—dijo Tatsuro, sonaba tenso y poco amable, era tosco y eso dolía, sus palabras me estaban clavando.
—Tatsuro... —me inmuté a susurrar con las lágrimas apunto de acudir.— ¿Por qué me dices semejante... cosa?
—Ya he dicho. —su voz era un filo que me cortó perfectamente, esa era aquella voz a la cual tanto temía y apareció.— No exageres, no pierdes nada.
—¿Exagerar? —susurré y negué, caminé un poco hasta una banca que se hallaba a algunos pasos de mí, me tumbé en esta, sentía que pronto me iba a desmayar. —Tatsuro, no puedes decir eso...
—¿Por qué no?
—Porque... yo te amo, no te quiero lejos de mí. ¿O acaso piensas que tengo algo con Kenken? ¿Qué piensas? Me gustaría saber que pasa por tu cabeza. Siento que tienes tantas ideas en mente y la mayoría son erróneas. —musité en un hilo de voz desgarrador, suspiré y me tranquilicé un poco, cerrando los ojos. Escuchaba como el menor caminaba hasta mí, se sentaba a mi lado y tomaba distancia, una distancia enorme, aún más que la actual.
—¿Qué pienso? —Alzó una ceja y luego desvió la mirada hacia el oscuro sendero, contempló a los gatos junto a mi, estaban ahí, jugando en el césped, eran felices pero en cambio nosotros no... Volví a espabilarme y tomé en cuenta que el mayor hablaba. —¿Amarme? No puedo negar que te amo. No puedo negar que es de hace tanto tiempo. Pero me saca de quicio esta situación y pienso dejarla atrás. Es una decisión que ya tomé. Como buen cobarde... Deberías odiarme, no amarme. ¡Odiarme! —gritó y eso provocó que las lágrimas cayeran, mi rostro descendiera y mirara el borde de la banca como un niño regañado. Aquellas lágrimas bajaban sin parar, eran lentas y me quemaban a su paso.
—¿Odiarte? No podría, no soy capaz... —musité a duras penas y él sin dudarlo me interrumpió mientras carraspeaba su voz, se notaba que no le gustaba verme así. La situación empeoraba.
—Si puedes. —se levantó sin aviso alguno, la camiseta con terminaciones en punta se movió de una manera tan graciosa y hermosa a la vez, esos movimientos tan salvajes y suaves me encantaban. —Así como puedes amarme, lograrás odiarme. —le miré por entre mis pestañas, una sonrisa nostálgica se formaba en los delgados labios contrarios, deseaba callarlo.
Negué desviando la mirada. Tatsuro estaba frente a mi, de pie, temblaba, lo sentía tan bien, el viento resoplaba suavemente sus largos cabellos, mientras los míos con suerte eran tocados, me sentía olvidado por todo, y también por él. Un suspiro escapó de mis carnosos labios, pasaron casi quince o veinte minutos, él no hablo, sólo se mantuvo ahí. En aquel momento pensé que su decisión cesaba, Tatsuro no me dejaría así de fácil o eso pensé. Cuando me sentí decidido a hablar, el contrario me interrumpió con su impulsivo vozarrón.
—Ryuutaro... —Musitó con dulzura y voz quebrada; escuché los huesos de sus rodillas cuando se agachó frente a mí, llevó sus largos y finos dedos bajo mi mentón y alzó leve mi rostro. Temblaba ante su tacto. Se había vuelto más frío y suave que la última vez. —¿Para qué quieres saber lo que pienso cuando eres tú quien pasa todo el día en mi cabeza? Sólo verás tontas ideas de un futuro incierto. ¿Sabes? Odio esta sensación, y yo sé que tú igual. Te amo, lo sabes, lo sé pero... —Sin dudarlo dos veces, me alcé y abracé su cuello con mis delgados y débiles brazos, le callé con mi desesperada boca, le besé con tal confianza y rabia, las lágrimas brotaban incansablemente y los labios ajenos se entreabrieron contra los míos; aquel tibio sentimiento volvía y sentía que me fundía cada vez más. Sería el último beso o quizás no, quizás sea el último y más eterno de todos.
Sus manos quedaron aisladas de mi cuerpo, se mantuvo quieto y correspondiendo a ojos cerrados, esa actitud indefensa a pesar de su fuerte carácter. Sigue siendo realmente frágil, quizás tanto como yo, pero jamás vi una lágrima desbordar de aquellos pequeños y rasgados ojos.
Separó con suavidad su cuerpo del mío, un empujón leve, no le faltaba el aire pero a mi sí, mis lágrimas cesaron pero al momento que su mirada se desvió rápidamente con tal seriedad sentía que otra vez se iban a desbordar, pero no iba a permitir que eso volviera a suceder.
—Tatsuro —susurré y carraspee un poco, —¿qué quieres en realidad? ¿Irte? ¿Odiarme? Ya no quieres saber más de mí pero con las cosas que dices pienso que no estás realmente seguro... —mis palabras cesaron, ni siquiera me di el tiempo de pensar antes de hablar.
—Odiar... Eso deberías hacerlo tú por lo que pienso hacer. Y ya no se hablará más. —Se levantó y sacudió aquel pantalón de bombacho negro. Ni siquiera se dignó a mirarme de reojo, nada. Suspiró cansado, agotado, casi deprimido y negó un poco— Irme es lo mejor que puedo hacer, así te dejo tranquilo junto a él. Encajáis mejor.
—¡No puedo creer que todo esto sea por culpa de un mal entendido! —me levanté de la banca, me puse frente a él y todo el mareo y dolor de cabeza desapareció. Mis brazos se mantuvieron tranquilos pero rápidamente los alcé en un suave ademán de molestia. —¡Tatsuro, entiende que te amo! ¡No quiero que te vayas! —a pesar de que se tratase casi de una súplica hecha un grito, mi voz se desvaneció al instante a una ligera y dolorosa.
El más alto se sorprendió por el cambio de actitud tan drástica, frunció sus labios y negó, dando un paso atrás. Teto y Kuro se acomodaron en la banca, recostados y con la mirada intimidada por la situación, les miré en aquel momento con total lástima.
Decisiones... Suelo aceptarlas pero esta me es realmente difícil.
—Lo entiendo perfectamente. —sonrió ladino y divertido, desvió totalmente su mirada hacia los gatos y suspiró. —Tomo pésimas decisiones, lo sé... Pero creo que es lo mejor. De todos modos, no habría funcionado. —rió un poco, sonaba tan dramático que me estaba empezando a hartar, se dio cuenta y alzó la vista de manera felina, fijándola en mí. —Pésimo momento para intentar hacer una broma.
—Terrible. —dije cortante.
—Ah... Mañana estará todo solucionado...
—¡Vete ya! —chillé por fin, ya tuve suficiente. —¿Estás jugando? No es momento.
—Será mejor qué... —Tatsuro ni siquiera alcanzó a terminar su frase cuando Kenken ya estaba a pasos feroces cerca de nosotros y totalmente molesto por el hecho de que estuviésemos juntos, entablando una desgarradora conversación. Él siempre llega en el peor momento.
—Te irás conmigo. —interrumpió el pelinegro y luego fijó la vista hacia el más alto. —¿No te irás? Porque nosotros sí. Ryuutaro no te ha contado nada. Pero a pesar de todo, él es totalmente mío. —Sonrió divertido al ver el frívolo rostro de Tatsuro, me daba miedo su expresión, era tan vacío pero a la vez lleno de curiosidad. Di dos pasos atrás y bajé la mirada.— Tatsuro, lo lamento, pero él no es para ti. Ryuutaro está enfermo, y tiene un pésimo pasado, es algo que jamás aceptarás pero yo sí. —Kenken cogió mi muñeca y, como un trapo, me jaló a su cuerpo. Mantuve el silencio, me sentía totalmente culpable.
¿Qué estás pensando...?
El mareo volvía a atacar, mi mirada estaba desvaneciéndose pero como pude mantuve total silencio. Sólo estaba esperando que él hablara, ya tenía suficiente escuchando a Kenken. Kuro se acomodó en mis pies, y tomó en cuenta de mi estado, mantuvo su semblante felino bastante intranquilo, pero aún así ninguno de los dos lo tomó en cuenta. Finalmente, Tatsuro rompió aquel intrigante y arduo silencio.
—Hablas de mí como si lo supieras todo. No dejas de ser un niñato para alguien como él. —frunció sus labios y negó, las puntas de su cabello cesaron de igual manera acompañando aquella suave acción. —¿Y por qué estás tan seguro de que es totalmente tuyo? Ryuutaro no es un objeto. —ladeó el rostro y una sonrisa socarrona se pintó en su rostro. Yo sólo le contemplaba de reojo y entre las pestañas.
—No te diré el porque. —dijo regañadientes, como un crío, y rápidamente posó la mirada en mí— Será mejor que nos vayamos luego. Yo me encargo del resto. —susurró y me dio un pequeño empujón para que caminara fuera del lugar.
—No pienso lidiar con esto de nuevo, ni nunca más. —arregló su mechón de cabello y dejó que Teto avanzara primero para ya querer abandonar aquel agobiante sitio.
—Tatsuro... —al fin hablé, mi voz era tenue y tan baja que ninguno de los dos la percibió. Kuro se arrimó a mis brazos e intenté animarme por ello, pero mi mirada estaba tan perpleja observando cómo este se retiraba a un paso decidido y rápido, que las lágrimas cayeron sin previo aviso, bajé el rostro y sollocé, dejándome guiar por Kenken.
No me dejes, por favor...
Caminé por todo aquel sendero abrazado a Kuro, él sólo ronroneaba en pocas ocasiones, era como si llorara conmigo, pero en un silencio mutuo. Mientras Kenken me seguía desde atrás. Llegamos hasta el coche, hacía mucho tiempo que no veía aquel carro negro. El menor aún seguía asistiendo a ese lugar y yo hice todo para alejarme, pero fallé. Ahora, quizás, cuál será el castigo que recibiré por ello. ¿Me matarán? No, no creo que lleguen a demasiado. Era una red bastante complicada, ellos no me la dejarán fácil, de eso estoy seguro. Accedí a subirme en la parte trasera del vehículo, no tenía ningún interés en entablar conversación con el menor. No tenía ganas de volver...
Tatsuro, ¿por qué no viniste tras de mí? ¿Por qué no me salvaste?
Tantas preguntas pasaban por mi cabeza mientras miraba por la ventanilla; casas, edificios, árboles y personas. Era una escena lenta, el vehículo avanzaba a gran velocidad por la autopista, lo único que veía eran autos y algunos edificios. Mi vista seguía desvaneciéndose, como quien se fuese a morir pronto, sentía mi pulso tan lento, tan pausado, sentía como todo era moribundo. Apenas escuchaba el ronroneo de Kuro, estaba preocupado. Kenken, en cambio, seguía manejando con una sonrisa tan socarrona y pequeña que apenas podía divisar por el espejo retrovisor, era asqueroso saber que nuevamente todo volvía ser como antes. Las lágrimas estaban secas en mis mejillas y lo único que recordaba con gran pasión y vivacidad era la deslumbrante sonrisa de él. Suspiré una, dos, tres veces, el aire me faltaba, apenas podía respirar. Mi cuerpo no respondía del todo bien y sabía que estaba a punto de caer nuevamente en aquel sueño que duraría por horas o tal vez días o quizás la eternidad.
El hilo rojo, poco a poco desaparecía. Es el adiós definitivo.