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• 23 de Enero, 1997 •
No llevo mucho tiempo viviendo en éste pueblo alejado de todo lo que le podéis llamar capital, es un lindo lugar, el ambiente es suave, fresco; el mar te acaricia el rostro con su brisa, es realmente cómodo. Hace algunos años empecé a trabajar de camarera en un bar, frente al mar. Las visitas no eran realmente contundentes pero se sentía bien, el cariño de todos estos pobladores es realmente sano y eso me agradaba. Me aceptaban por el simple hecho de que mi verdadera identidad era incógnita.
Aquel día, fue todo diferente. Recuerdo que hablaba con el barman mientras éste limpiaba las copas con su típico trapo, un tipo muy limpio; yo estaba apoyada en la barra muy atenta de quien me llamara a su mesa, en ese mismo momento un ser nuevo abrió la puerta y entró, se acomodó en el sitio más alejado de todos y yo, como mi trabajo diario, fui hasta él para atenderle. Le entregué la arrogante carta y él sólo señalaba con sus largos y finos dedos lo que deseaba, un curioso personaje en muchos sentidos. Pedí del whisky y luego un corto, caminé tranquilamente hasta mi destino y tomé en cuenta que éste me observaba con unos ojos penetrantes y cálidos, no me molestaba pero me sentía extraña. No hice más que dejar su pedido y retirarme, no podía hacer demasiado. Al volver a mi punto de inicio, me mantuve pensando en demasiadas cosas y aún sentía esa mirada. Tenía un presentimiento realmente raro, nunca había tenido a algún cliente tan fijo sobre mi "persona". ¿Se habrá dado cuenta de lo que en realidad soy?
Estuve fija en él, en su rostro, sus ojos tan intensos, su nariz fina, sus labios delgados, era realmente perfecto, en algún momento sentí que estaba hundiéndome en un océano diferente. Negué suavemente y éste ya había terminado su licor, dejó el dinero y se retiró en un abrir y cerrar de ojos. ¿Es que nadie se dio cuenta de aquel hombre alto y vestido de negro, con una larga chaqueta de cuero? ¿De verdad? Las dudas dieron vueltas en mi cabeza, retiré el dinero y lo entregué en la caja, por esta vez mi día terminó con la incógnita más grande de mi falsa vida.
• 8 de Febrero, 1997 •
Pasaron unos cuantos días para volverlo a ver. Yo por un momento pensé que era extranjero, jamás le había visto por acá, y sí lo era, algún día desaparecería para siempre. Éste día el bar no fue tan visitado porque el día estaba terrible, la lluvia caía amenazante, las calles casi inundadas, el mar estaba rabioso y sus olas eran enormes, todo era realmente desafiante el día de hoy, hasta él. Entró, volvió a su lugar, esperó a que le atendiera y, justo en ese momento el barman había ido a ordenar a la bodega, le entregué la carta, el hombre tomó mi mano, su tacto frío, sus dedos largos acariciaban de los míos y tocó suavemente mi anillo de plata barata, levantó la vista y con una gentil sonrisa me saludó. Yo no sabía como responder, sólo pude atinar a una pequeña sonrisa que parecía casi infantil, estaba realmente nerviosa. Soltó mi mano y pidió lo de siempre, esta vez utilizó su varonil y exótica voz, me envolvió con sólo escucharlo, asentí y fui a hacer de su trago, sentía la extraña sensación de aquel 23 aún más intensa, no me agradaba para nada. Terminé y entregué, nuevamente su voz me atacó con un educado gracias. Me retiré y quedé en la barra, sólo habían tres visitas en el local, mi mirada sólo cesaba en el mar, admiraba de las olas y sin darme cuenta aquel hombre estaba frente a mí, sin hacer ningún ruido, dejó los vasos a mi disposición y el dinero, pidió que me quedara con el cambio y se retiró. Nuevamente quedé marcando ocupado, guardé el dinero restante en el bolsillo de mi delantal atado en la cadera. Sólo podía recordar su voz, resonaba en mi cabeza.
• 25 de Marzo, 1997 •
Él sigue frecuentando el bar dos o tres veces por semana, siempre es lo mismo, toma mi mano, acaricia de ella, la suelta, pide lo suyo y luego termina, entrega su vaso y la propina, para finalmente retirarse. Hoy entregó su vaso, el dinero y un papel. Sí, un papel pequeño, amarillento y bastante opaco, aún no sé su contenido; cuando sentí la curiosidad de verlo, él depositó un beso en mi mejilla, sus labios eran fríos y suaves como su piel, sonrió y se retiró sin más. Ni siquiera lo detuve, lo dejé partir nuevamente; posé con suavidad la yema de mis dedos en el moflete besado, sentí un pequeño calor recorrer mi frívolo cuerpo, suspiré y por fin atiné a leer el papel, una letra hermosa, legible y delicada, dejaba una dirección, el número de la habitación y más abajo la inicial, de seguro era su nombre. Jamás lo supe en realidad...
• 29 de Marzo, 1997 •
Cuatro días tardé para estar realmente segura de aventurarme con un completo extraño. Como el día nuevamente estaba "triste", salí antes porque nadie visitó el local y mi único compañero se dedicaría a cerrar. Caminé por la acera tranquilamente, mientras el agua golpeaba mi piel y ropas, cerré mi cazadora para que la blusa no se mojara más. Recordé la dirección y al llegar a la esquina de aquella calle un tanto empinada, él estaba con su enorme abrigo negro de costoso cuero esperándome. Me acerqué y me sonrió ligero, pasó al inmueble de sólo tres pisos, le seguí hasta que llegamos a su cómodo departamento, nos adentramos y retiró de su chaqueta, quité de la mía y él sin siquiera preguntármelo me dio una taza de café, se sentó frente a mí y por fin pude verlo tal cual. Sus facciones eran finísimas, su piel tan pálida como la nieve, un cutis perfecto, su camisa, pantalones y zapatos negros decentes, y cómo olvidar su largo cabello de color azabache. No pude haber visto ser más hermoso en esta vida, mucho menos que fuese en realidad un humano y no un ser sobrenatural. Empezó a hablar, hasta sonaba diferente, estaba relajado y tenía un tono juvenil que me llenaba. Yo sólo me espabilaba a responder, estaba tan fija en sus oscuros y profundos ojos que sentía que nada existía a mi alrededor, sólo él. No tardó demasiado en ponerse de pie, destacar aún más de su altura con esas ropas, posarse tras de mi cómoda ubicación y rodearme con los brazos. En ese lapsus me di cuenta que era un caza mujeres, me importó un pepino; apenas sentí su respiración tan cerca de mis labios, dejé a un lado el café sobre la pequeña mesa, y lo besé con toda la dedicación posible, me plegué a su cuello e intenté ser la mejor mujer que haya estado en su cama alguna vez para que jamás se olvidara de mi, para que jamás olvidara mi verdadera identidad, lo que en realidad soy. Aquel hombre se sorprendió y sonrió tan amplio, dejó un beso en mi frente y con un suave susurro me alegró. "¿Sabes qué es lo que me encantó de ti? Tu inhumano ser. Admítelo, eres un demonio, ¿no? Una súcubo que divaga entre los humanos como si fuera uno de ellos." Pronunció cada palabra con la voz más seductora que alguna vez pude escuchar, me dejé fundir en él nuevamente sin responder, sólo lo demostré en aquella tibia habitación que ahora era cómplice de aquel momento y mi secreto.
• 20 de Agosto, 1999 •
Tal cual, ya han pasado dos años y tantos meses de aquella vez, ahora él es mi prometido. Yo le insisto que cometió el peor error de su vida por comprometerse conmigo, no soy el mejor partido, solamente soy deliciosa en otros aspectos como el ser que soy. Todo había marchado bien... Pero hace muy poco me enteré de ciertas cosas que me molestaron bastante. Yo seguí trabajando en el bar, él me celaba cada vez que me acercaba a algún hombre, yo sólo hacía mi trabajo de mesera. Sus repetidas desconfianzas me empezaron a hartar, simplemente aguanté. Cuando le fui a ver a su departamento hace dos días atrás me dio de una fuerte bofetada, no sentí dolor, ni tampoco quedó marca, sólo me desgarró "sentimentalmente", y la rabia aumentaba cada vez que él abría el pico para joder. Acumulo las ganas de... Nada.
• 13 de Diciembre, 1999 •
Estábamos en mi propiedad, la noche era testigo de todo lo que iba a suceder, en el sofá plasmando nuestros sentimientos como buenos amantes pero bien sabemos que la mentira fluía en ambos. Supe que se había encamado con otra mujer, le pregunté y ni siquiera dudó en decirme la verdad. Sonreí ampliamente con sus palabras de aceptación hacia ello. ¿Él acaso piensa que aceptaré aquello? Está muy equivocado. Sí, ahora me expreso igual que una tipa maniática, eso es lo que soy pero con más fuerza y rabia que la típica. Luego de terminar el coito, que lo sentía igual que todos los anteriores, me vestí, él igual, monótona vida. Me serví café mientras pensaba diferentes cosas horrendas, que hace mucho no pasaban en mi cabeza en contra de un hermoso amante. Con el dedo empecé a dibujar como lo acecharía, como lo arrinconaría y que conociera el otro lado de esta linda súcubo. Terminé de aquel líquido y volteé, él estuvo detrás de mí todo el tiempo, ni siquiera me exalté, siempre que podía lo hacía; lo observé con los ojos entrecerrados y dejé a un lado la taza. Seguí contemplándolo con actitud seria, él estaba con su espalda apoyada en el mueble alto, había un silencio realmente espeso, irrompible, me encantaba. Estiré mis dedos largos con diversión, moví el anillo para acomodarlo, delinee mis labios con la punta de la lengua y no tardo demasiado el mayor en besar mi cuello, lo abracé del cuello y sin problemas enterré mis largas y puntiagudas uñas en la nuca con una fuerza bestial, empecé a mover de ellas bajando lentamente, mientras él abría lo suficiente los ojos, seguí deslizando de mis dedos hasta llegar tan cerca de su yugular. Su mirada horrorizada rogaba que me detuviera, no hubo compasión. Llegué a aquella parte tan delicada e importante para él, la desgarré de una simple pasada, después de dejar que la sangre brotara incansablemente por aquellas enormes y extrañas heridas profundas, que sólo las garras de un demonio podía provocar, lo solté sutilmente. Él se apoyó en el mueble, luego cayó al piso y apretó sus ojos con fuerza. Parte de su azabache cabello se empapaba de sangre, di dos pasos atrás pasa seguir contemplándolo cómo se retorcía en su dolor. Abrí la cajonera, saqué un cuchillo y sin pensarlo dos veces lo clavé en las viejas heridas en su yugular para finalizar con mi pequeño trabajo; dejé clavado aquel objeto y sin pisar la sangre pasé sobre el inerte cuerpo de mi amante.
• 23 de Diciembre, 1999 •
No pasaron tantos días para que el olor de aquel cadáver fuera cada vez más repugnante, se impregnaba en las paredes, mi cuerpo, ropas, todo; con un machete hice todo para cortar ese cuerpo en pedazos medianos para introducir de estos en una bolsa negra y grande, lo normal para gente normal. Realicé de aquel largo y agotador proceso, sellé la bolsa y salí a dejarla en un gran tacho de la basura, volví a casa y limpié de cada rincón de esta, en especial aquella sangre coagulada en la baldosa de la cocina. Sin tardar demasiado, tomé en cuenta que habían muchos mechones de su largo cabello oscuro, tomé de estos y los guardé con sumo cuidado dentro de una bolsa trasparente; el mejor recuerdo de mi vida. Mis sentimientos se depositaron dentro de esta junto a ese hermoso cabello.
Nadie nunca supo lo que sucedió ahí, pero... Estoy feliz de haber sido la última mujer con la que se encamó después de su infidelidad, la última en contemplarlo en su monótona faceta, su hermosa y amplia sonrisa, para finalmente admirar su mejor expresión de dolor y desgracia.
Sólo queda esperar quién puede ser el siguiente...




