22 de enero de 2013

「Crime」

No sé cuantos años han pasado desde la última vez que la sangre salpicó mis ropas, es que aquella víctima indefensa no alcanzó siquiera a susurrarle a Dios, a pedir por algo de esperanza, no quería morir se notaba en su rostro, el miedo era tan claro que me alimentaba de sobre manera, mi sonrisa siempre era enorme y con cierta lascivia, era como si los golpes fuera un coito intenso, duro, violento, sin más que dolor, nada de amor, así prefería yo las cosas, la compasión no estaba en mi vocablo, en mi mente, en mi cuerpo, en nada.

Mi nombre es Charlotte, y esta es la historia que hace mucho tiempo quería contar, no sé cuantas veces me han tratado de lunática, ahora sólo sé que estoy en un aula blanca, muy cómoda en todos sus sentidos pero mis brazos no los puedo mover. Eso no es tema, le contaré como empezó todo...

La tarde era fría, la nieve caía por montones, lenta y dedicadamente, era precioso. Yo estaba en el parque, sentada en una banca, vieja, con un olor a humedad que era realmente asqueroso ante el olfato humano, algo que me encanta de sobre manera, por eso quizás jamás me nombré como tal; contemplaba a mi alrededor, como los chicos jugaban sin parar, nada los detenía, no se cansaban, eran felices sobre ese manto blanco, vacío, tal como estaba mi mirada. Siempre he tenido la mala costumbre de observar todo con detalle e inclusive soy de esos seres que pueden describir la hiel del otro tal como si estuviese en el pellejo ajeno, me encanta. Busqué incansablemente a aquella mujer que logró que el frío penetrara en mis huesos,  me hacía tener reacciones extrañas, y algo en ella me molestaba de sobre manera; esa mujer, la chica de cabellos rubios platinados, ojos profundos y sentimentales de color esmeralda, una tez pálida como la nieve, unos labios finos con un suave morado; el frío sobre aquella delgada mujer la hacia verse perfecta, un ser que no tenía defectos a mi parecer, siendo que yo busco todo error sobre las personas. Muchas veces cruzamos las miradas, nada intenso, todo era superficial, aburrido y común. Pero esa tarde fue totalmente diferente, esperé a que se marchara, acomodando su largo abrigo beige en el camino, introducía las manos en los bolsillos y se iba tranquilamente por el puente, un precioso puente rojo y que justo a la hora que empezaba a caer la oscuridad, los focos encendían e iluminaban todo a su paso, en especial a mi amado objetivo.

Tras una intensa caminata, en todo el puente, un largo, angosto e interminable puente, hubo un lapsus que todo quedó realmente solo, nosotras dos estábamos ahí y presentía tan bien su cuerpo, temblaba tanto por el frío como por mi ser que le siguió todo el camino imitando su gesto, el abrigo largo negro hasta las rodillas, las manos dentro de los bolsillos de éste, mi aspecto no era el mejor de todos, mucho menos mi artificial color de cabello, era del mismo rojo intenso que poseía en mis labios, a pesar de todo, mi presencia como <humano> no era tan insignificante; delineé con mi mirada aquel esbelto cuerpo, la chica volteo con temor y fijó su vista, tan penetrante sobre mis ojos azabache, mientras sonreía ladino tras el alto cuello de mi abrigo por el hecho de que me habían descubierto, aquella apretaba los puños dentro de la chaqueta, caminó hasta mí con decisión, por fin algo me repugnó sobre ella, su actitud llena de arrogancia me molestaba, sentía el temor de su cuerpo pero la chica intentaba dar una actitud valiente en vana, un pésimo acto de presencia frente a mi, gruñí y estoy segura de que la mujer lo escuchó, se espantó y jadeo un momento, volviendo a tomar esa actitud grotesca.


Admiré a mi alrededor, el silencio se apoderó del ambiente, soplaba el viento invernal con suavidad, sólo alborotaba mis cabellos y los ajenos, estaba tan solitario, las luces hacían de lo suyo, cada vez más atracción a realizar mi mejor hazaña; volví la vista a ella y la tenía tan cerca de mi cuerpo que el escalofrío que me daba a conocer era realmente intenso, yo sólo me mantuve fija y sin ningún tipo de expresión facial, el vacío estaba presente una vez más. En mi bolsillo derecho, empuñé firme de un objeto, mi movimiento fue tan delicado, no causé ningún tipo de alboroto, sonreí esta vez para que la chica notara de ella, poco a poco la mujer también formó de la suya, su cuerpo estaba entrando en confianza y negué para advertir que estaba realmente equivocada. No tardé demasiado en sacar las manos de los bolsillos, tomar de su fino cuello con mi brazo izquierdo presionando todo la espalda ajena en la baranda del puente, empuñé la pequeña e insignificante cuchilla en su yugular, presionando suave de su filo. Sus ojos desconcertados, plagados en miedo, sus labios tan cerca de los míos, saboree de los míos y los jadeos asustados de mi víctima eran excitantes, me concentraban aún más en ella y su belleza. Con total sutileza bajé todo el cierre de su abrigo, ella estaba tan preocupada de que mi brazo no se enroscara con más bestialidad en su cuello que olvidó el resto de su cuerpo. Un par de prendas más, no tan abrigadoras, ajustadas en su silueta, su voluptuoso pecho, una excelente vista para desear más y más de tan indefensa mujer; deslicé el filo ejerciendo suave presión para cortar un poco sobre su piel hasta llegar a las prendas del torso, presioné más de la cuchilla en su suéter, los rajé y una delgada blusa ya estaba censurando de su visión nuevamente. Les recuerdo que la chica sólo se dejaba hacer, lo único que rogaba era no morir, no se encomendó hacia ningún supremo, sólo quería sobrevivir ante una extraña. Incliné mi cabeza sobre un pecho y lamí sobre éste con vivacidad, no ese no era mi trabajo, sólo estaba divirtiéndome un poco, un fuerte jadeo escapó de la mujer, me molestó nuevamente, su voz o, mejor dicho, aquellos jadeos eran tan agudos que me jodían de sobre manera.

No hubo más piedad, incliné mi seca boca en la ajena y mordí el labio inferior con fuerza dejando terribles marcas y provocando que sangraran, apoyé la cuchilla en su pecho y presioné con bestialidad, enterrando sólo la punta de esta, un chillido violento presencie frente a mis narices, fruncí el ceño y proseguí a penetrar el filo con impulso en su abdomen, completamente, faltaba tan poco para que el mango tocara su blusa; todo poco a poco se aclamaba en sangre, estas acudían con vivacidad justo al momento de retirar la navaja. Soltó el cuerpo de la platinada muchacha, jadeaba y apoyaba sus manos con fuerza en el corte del estómago, chillaba como un gato que estaba siendo torturado, unos gritos que me irritaban de sobre manera, todas mis víctimas eran iguales; sin más, con mis botas negras y duras azotaron el rostro de la chica, azotó su cráneo en las barras de la baranda, no emitió ningún sonido, sólo jadeaba con dificultad y con suerte tenía fuerza para apretar el corte y dejara de sangrar, cosa imposible. Nuevamente dediqué la punta de mi calzado en su cuerpo, directamente en las costillas, se azotó en el poste con bestialidad y el crujir de tres costillas fue lo mejor que escuché en tan largo lapsus. La chica lloraba sin fuerzas, ningún ruido podía aludir, la admiré con ternura y reí con suavidad, una risa cálida sólo para atraer la vista de mi víctima, estaba perpleja y su mirada sólo pedía algo de piedad y encima se preguntaba "¿Cómo alguien tan acogedor puede ser así?" La incógnita de todos esos mediocres seres, fruncí mis labios, ya era suficiente. Sacudí mi cabello, bajé el cierre de mi largo abrigo y acomodé el cuello de este, doblándolo con sutileza, me di mi tiempo, con tal mi víctima se estaba desangrando y no le quedaba mucho. La observé con cierta seducción, y sonreí con leve lascivia. Caminé hasta ella, se cubrió como pudo, tiritaba de pánico, sus finos dedos estaban empapados de sangre, me incliné, tomé firme la cuchilla y sostuve de su mano con gentileza, apoyé el filo bajo del pulgar y presioné con tal fuerza que corté fácilmente, la sangre brotaba y manchaba el piso, mi abrigo de cuero fino, proseguí así con todos, ella sólo se dejaba hacer, no podía con más, no tenía fuerzas de nada; luego marqué sus yemas con cortes en cruz, nuevamente con ambas manos y la dejé ahí.

Me levanté con elegancia y contemplé de la chica con ternura, el color pálido y morado de su tez era encantador, sus labios se resecaban y los ojos de esta se empapaban en las últimas lágrimas, el juego para ella y para mi había acabado. Sacudí mi cabello y guardé la navaja en mi bolsillo derecho del abrigo, metí las manos en los bolsillos delanteros de mi ajustado pantalón negro de mezclilla y con total tranquilidad emprendí mi marcha, prosiguiendo el camino que faltaba para terminar el puente. Suspiré con suavidad y sonreí ampliamente, ya era suficiente por el día, la mujer que por mucho tiempo admiré en el parque caminando por sus alrededores, al fin fue mía de la manera más hermosa que puede haber existido en la vida de mortal que poseían todos, cada uno de ustedes.

Luego de aquel suceso, todos en el pueblo hablaban de aquel asesinato, las extrañas marcas que para mi eran totalmente normales; muchos seres mortales sospecharon de mí y ahora, cómo no pudieron hacer más hacia mi persona, me tiraron a un cuarto blanco, mi torso y brazos amarrados, sentada en la esquina de la habitación, mirando el piso mientras mi mente seguía reproduciendo cada asesinato, en especial el último, el que más amé en esta vida. Aquella chica inolvidable que en estos momentos debe estar en algún lugar, muy lejos de mi pero muy cerca a la vez.